La organización del mantenimiento
de caminos ha tenido una historia
larga e irregular. La pregunta de quién debía encargarse del mantenimiento
y quién del financiamiento fue debatida en el Reino Unido desde el
siglo XVI, y se resolvió recién a principios del siglo XX. Al final,
la gestión resultó descentralizada, sin embargo los que se responsabilizaron
al nivel parroquial no tenían ni el conocimiento, ni la motivación
ni el dinero para mantener los caminos en orden. Gradualmente, contradicciones
obvias se fueron corrigiendo, sin embargo la privatización masiva
de la gestión de caminos, fundamentada sobre financiamiento de parte
de los usuarios, se impuso como una solución intermedia en el R.U.,
llevando eventualmente a las jerarquías mezcladas de público-privado
de hoy en día. En Francia, la gestión era altamente centralizada y
relativamente eficaz, a pesar de que la utilización de labor forzada
fuera por lo menos impopular. En América del Norte, el deseo de movilidad
en áreas rurales resultó en que la responsabilidad privada y fragmentada
de los caminos rurales gradualmente dio lugar al control público,
en la medida en que solo de esta manera se podía construir y mantener
caminos adecuados para el tránsito de vehículos motorizados.
La gestión de caminos en el mundo en desarrollo también dio muchas
vueltas, aunque sobre una escala de tiempo más reducida. De hecho
el crecimiento orgánico aunque incierto, desde responsabilidad local
hasta nacional, sobre un período de cientos de años, ocurrió al inverso.
Al principio el Estado aceptó con entusiasmo la responsabilidad de
la gestión de caminos, sin embargo falló obviamente en levantar los
fondos necesarios para mantener las redes de caminos que crecieron
exponencialmente, los donantes manifestando más inclinación para la
construcción que para el mantenimiento. Ahora, principalmente por
causa de presión de parte de las financieras, ganan aceptación la
gestión y el financiamiento descentralizados, además del uso de
métodos basados en mano de obra los cuales aprovechan recursos
locales de manera eficiente. Sin embargo, los problemas recurrentes
de falta de conocimiento, de motivación y de fondos no han desaparecido.
La gestión descentralizada del mantenimiento está estrechamente ligada
al diseño de caminos, los procedimientos
de selección y la elección de tecnología.
No puede tampoco considerarse por separado del asunto de la pertinencia
y necesidad de algún camino. Hasta los caminos más sencillos son
costosos de mantener en áreas rurales y los esfuerzos deben ser invertidos
en el fortalecimiento de redes centrales además de basarse sobre recursos
locales en cuanto sea posible. La gestión debe involucrar a los que
han participado en la selección de los caminos desde el principio
porque si no tienen voz es poco probable que contribuyan. La capacitación
es vital en la medida en que la gestión y las capacidades técnicas
faltan en áreas rurales. Por esa razón, la gestión de caminos rurales,
aún cuando esté descentralizada, debe ser integrada en el marco de
un programa nacional más amplio. Solo entonces el sector público puede
constituirse como participante efectivo y el sector de la construcción
privada puede encontrar los mercados necesarios par su supervivencia.
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